Con los ojos cerrados

Ofelia

Miguel Ángel Rosales
(Texto leído el 8/6/2018 en la presentación de El ruiseñor sin ojos en Cádiz)

Fantaseando con El Ruiseñor sin Ojos me parece que tiene algo de esos juegos visuales donde dos figuras distintas, en distintas posiciones del papel, se miran fijamente y a una determinada distancia se combinan. Recuerdo sobre todo el del pájaro que entraba en la jaula. En el caso del libro de Seisdedos el texto y las ilustraciones se unen para sugerir nuevos sentidos que contemporizan esas letras en problemáticas actuales, nos abren el sentido a un rafagazo emocional o directamente nos sugieren una reflexión política. A un lado del papel, las ilustraciones con su tiempo y su autor, al otro las coplas viniendo de más allá del tiempo; letras sacadas de sus contextos originales para resignificarse en cada época, versos anónimos que han recorrido décadas o siglos encabalgadas en el compás.
El trabajo de Seisdedos me traslada a un imaginario muy familiar. No sólo por esos paisajes donde se despliegan todas esas letras llenas de innumerables sentidos (aunque él se inspira más en el oriente andaluz) sino también por algo más profundo y difícil de explicar que intentaré explicar desde esa frase de Lorca de dónde saca el titulo el libro:

Mientras muchos cantos de la península tienen la fama de evocarnos los paisajes donde se cantan, el cante jondo canta como un ruiseñor sin ojos. Canta ciego y por eso nace siempre de la noche. No tiene mañana ni tarde ni montañas ni llanos. No tiene más que una luz de noche abstracta donde un estrella más sería un irresistible desequilibrio.

Es verdad que el flamenco, a diferencia de otras expresiones musicales, no evoca sino que transciende. Desde esa transcendencia fuera del tiempo y lejos de un lugar concreto, sobrevive para seguir contándonos y arrebatándonos. La oscuridad que nos rodea al cerrar los ojos, imitando a ese ruiseñor ciego, nos permite imaginar otros paisajes, otros lugares, otro tiempo desde donde revivir las historias que nos cuentan sus letras o las emociones que nos transmiten sus voces.
El libro de Seisdedos me ha hecho pensar sobre mis coordenadas con respecto al flamenco. No hablo de cantaores, referentes, etc, sino de los lugares, que con el tiempo se vuelven una mezcla de realidad y tiempo mítico, donde has crecido y desde donde has mirado y entendido todo esto. Me pregunto por qué ese origen marca para siempre la forma de entenderlo.
Me crié en la avenida de la Soleá y visitaba a mi tía en la calle Seguiriya. Entre la barriada de la Sagrada Familia y La Plata, donde vivía mi abuela, había una explanada, el solar de La Plata, por donde mi abuela me llevaba de la mano cruzando entre chabolas y tiendas de familias gitanas. Más tarde, las primeras borracheras en la Tasca La pandilla, estaban presididas por los cuadros del discípulo del pintor Carlos González Ragel, Luis Mateos, donde se veía un tablao flamenco poblado de esqueletos desnudos. Mirados bajo los efectos de las sobredosis de porros, morenitas, olorosos y pirriaques de todo tipo, encajaban a la perfección con lo que sentíamos en aquella época de censura y abismo generacional. Los encuentros en los bares de la madrugada con locos maravillosos que cantaban por tonás, seguidillas o fandangos y que vivían en la calle, esperando al alba a que abrieran las tascas de nuevo… O los visionarios de La Zaranda acompañados de un Rubichi, de un Moneo o un Salmonete… Ir a comprarle chocolate a cantaores que entonces se tenían que sacar un sobresueldo, ir a recoger a un amigo a la Calle Nueva, entrar en los patios… Quizás es por todo esto que hoy puedo escuchar flamenco actual y me emociono, que puedo tener una idea muy abierta de lo que es lo flamenco y su historia… Pero cuando quiero escuchar, cuando quiero sentir de verdad, vuelvo a Terremoto, a la Paquera o al Agujetas. Y entonces desde esas voces, con los ojos cerrados, yo me reencuentro y me oriento en ese paisaje.
Gran parte del imaginario que me evoca el flamenco, en general coincide con un determinado paisaje de la infancia y de la temprana juventud allá por los 70-80. Yo crecí en un Jerez de la Frontera que todavía no había terminado de salir del todo del franquismo más gris. Creo que ahí es donde me encuentro con las ilustraciones de Seisdedos. Es ese mundo de barriadas, de solares, de tabernas, de las afueras, de picoletos en carreteras… Y al igual que aquel tiempo, estas viñetas están cargadas de resistencia, de humor negro, de belleza, pero también y sobre todo de fatalidad, de esa sensación de que algo se había perdido ya para siempre, cuando quizás ni siquiera había comenzado todavía.
El Ruiseñor sin ojos respira desacato, resistencia a la autoridad, ilustra la parte más irreductible de lo flamenco. Ese flamenco que ha servido para aliviar las penas de un pueblo, pero también para maldecir a los opresores, para burlarse de ellos y para sacarles los cuartos. Creo que eso está muy bien reflejado, esa resistencia desde los cuerpos, desde la creación constante, desde lo escurridizo, desde lo que siempre se escapa y se escapa riendo, aunque su risa sea amarga. Es una lucha que nunca se gana, tampoco se pierde, pero deja muchas bajas por el camino.
Volviendo al texto de Lorca hubo algo en que me fijé cuando leí la frase con más atención. La imagen tan poderos del ruiseñor sin ojos me hizo no fijarme en la parte final del texto:

No tiene mañana ni tarde ni montañas ni llanos. No tiene más que una luz de noche abstracta donde un estrella más sería un irresistible desequilibrio.

Este final me evoca una idea muy profunda que atraviesa todo lo flamenco y que es la idea de la pureza.
Siempre me ha sorprendido mucho que el flamenco guste tanto. Una música tan críptica, tan complicada, tan triste en la mayoría de sus expresiones y de alguna manera tan jodida (parece una música muy espontánea, pero sabemos que se rige por códigos muy fijos y donde es difícil una participación si no eres un experto)… Creo que parte de su atractivo es su autenticidad, su parte más rebelde e irreductible y sobre todo esa capacidad de transcender. Tampoco creo que sólo el flamenco comparta estas características, que me parecen muy cercanas a otras músicas derivadas, en mayor o menor medida, del universo transatlántico de la afrodiáspora.
No se puede hablar de flamenco sin hablar de pureza, aunque no la citemos directamente. No sólo en el mundo de los aficionados o de los profesionales. Cualquiera que se acerca al flamenco muy pronto descubre que hay algo (y pongo algo porque no sabría decir qué es) que está siempre alrededor de un centro. En ese centro, más que elementos estéticos, yo colocaría una determinada manera de entender el arte y por ende el mundo, que es indomable, que no trata de explicarse a través de las palabras, sino por la emoción y el gesto. Un lenguaje complejo que una vez comprendido se puede deformar hasta lo indecible en un grito, en un melisma eterno, sin que deje de ser lo que es. Pero también colocaría en ese centro un imaginario compartido, unos paisajes compartidos, aunque cada uno los vea a su manera, con los ojos cerrados…
La pureza en ese sentido es de alguna manera necesaria como centro de gravedad desde donde las cosas no pueden dispersarse sin perder su esencia. Lo discutible es lo que ponemos en ese centro desde el que se mide la órbita de esa galaxia, dónde acaba y dónde empieza.
En algún lugar de esa galaxia flamenca, no sé a cuánto de su centro, pero compartiendo gran parte de esa esencia, pondría yo El Ruiseñor sin ojos de Seisdedos.

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